Prensa

Antonio, mi amigo. Por Montserrat Costa


24/07/1998


Tu muerte me llegó ayer de sorpresa. Me quedé ausente. Sabia de tu enfermedad, de esta última lucha que mantuviste entre las muchas que ya habías mantenido en esta vida. que fue difícil para ti. No hacía mucho había hablado contigo por teléfono y me dijiste que ibas recuperando fuerzas en tu Cuenca querida, en tu hermosa casa del Casco Antiguo (¡cuánto he luchado porque tu Cuenca fuera tu Huesca, sin conseguirlo!), ¿te lo creías o me engañabas?
Te conocí en el año 73 cuando viniste a Huesca para formar parte del Tribunal de la Bienal de pintura organizada por el Ayuntamiento, siendo yo concejal. Por cierto, ¿qué ha sido de esta Bienal que ya no existe? ,también se murió.
Rápidamente se establece una química entre dos mentes. Nunca me llamaste por mi nombre, nunca, siempre me llamabas “niña” o “la nena” -¿sería por mi tamaño? Te hacían gracia mis “intensidades” cuando hablaba. Mi afán por solucionar problemas de esta ciudad. Mi visceralidad y decías: “¿Dónde vas …?”, y te reías. Tus risas y tus ideas llenaron muchas horas de mi ida.
Aunque Cuenca te arrastró, siempre estabas dispuesto para colaborar con Huesca- tu ciudad natal- y así recuerdo, cómo el anagrama del Casco Antiguo lo hiciste una mañana, sobre un papel, en el bar Flor mientras tomábamos un aperitivo: y el cartel del Programa Now de FEACCU -realizado hace cuatro meses- es un hermoso dibujo tuyo de una mujer con tres tetas. Era una forma tuya de burlarte, de jugar con todo.
Recuerdo una comida con Ángel Azpeitia donde me dijo: “Hay que localizar a Antonio para que pinte el techo de la Diputación de Huesca”, fuiste localizado y pintaste ese techo, polémico en su día para muchos ciudadanos, y auténtica obra de arte visitada por numerosas personas que llegan a esta ciudad. Multitud de recuerdos se agolpan en mi mente de aquellos dos meses que pasaste en Huesca pintando sobre enormes paneles en la antigua Residencia de Niños. Al medio día, aparecía yo con una cesta con tostadas, con aceite, sal y ajo (¡cómo te gustaban!) y otros avituallamientos que servían para que corrierais, pues vuestra pequeña nevera estaba continuamente vacía. En aquella fecha de una mayor relación se afianzó nuestra amistad. ¡Cuántas cenas con largas conversaciones!
Nos hemos encontrado en Cuenca, en París, cuando venías por estas tierras, siempre me llamabas para un encuentro rápido, siempre... menos al final de tus días y entono un ‘mea culpa” porque el quehacer cotidiano se apodera de mí con demasiada fuerza y me ha impedido hacerte esa última visita, escribirte esa última carta...lo haré mañana, me decía a mí misma perezosamente, y te moriste sin que lo hiciera. ¡Qué dolor tengo ahora! Gritar este dolor me ha empujado a estas líneas.
Esta mañana del 23 de julio he llamado por teléfono a tu casa de Cuenca y me ha salido tu voz en el contestador. ¿Cómo es posible escuchar la voz de una persona muerta?... He llorado y he marcado el número tres veces para escucharte tres veces.
Gracias, Antonio, por el arte que has creado, dejando en Huesca tu más importante obra, y gracias porque has sido mi amigo.


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