Prensa

"El magnífico espíritu de Carlos Lapetra. José María PARDINA"


07/12/2008


Tengo que confesarles mi  escepticismo antes de comenzar el derbi. No porque no confiara en el equipo, sino porque  ya me daba por satisfecho  con la oportunidad de vivir  un hecho tan histórico. Pero  la verdad es que cuando llegó el equipo a La Romareda y  después, cuando el marcador  señalaba 0-2, les juro que me  temblaron las canillas.
El cuerpo técnico azulgrana se encargó durante la semana de quitar presión a sus  jugadores, conscientes de que,  en definitiva, era un simple  partido de fútbol y que lo importante era afrontarlo con la  mejor preparación.
Para lograrlo no hacía falta que el equipo viajara el día  anterior, ni que se concentrara en ningún hotel, como hizo  el rival. Después de comer, al  autocar para llegar a Zaragoza hora y media antes de empezar el choque.
A eso de las 15 horas, Jon  Erice todavía salía de su domicilio con su mujer e hija.  El resto de compañeros abandonaba sus domicilios para  `juntarse' en el aparcamiento de El Alcoraz. Todo dentro  de la normalidad para un club  que ajusta sus presupuestos,  evita gastos superfluos y huye  de falsas alaracas, con unos  jugadores que se mezclan con  su gente y saludan de verdad  a la afición cuando bajan del  autocar.
Fue entonces cuando vino  a mi memoria un viejo relato que me contaron una vez  los futboleros más veteranos  y que no he podido contrastar.  Son de esas narraciones que  no están en los libros, pero que  los aficionados transmiten a  las generaciones siguientes.
El legendario Carlos Lapetra, el más magnífico de los  magníficos, al parecer, tenía  la costumbre de tomarse el café y jugar una partidita en el  antiguo Restaurante Flor de  Huesca antes de los partidos  del Zaragoza y después tenía  que salir corriendo para llegar a tiempo a La Romareda.

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